Sunday, November 29, 2009


Mar de Historias

Llamadas a medianoche



Me pregunto si hubo un momento en que pude evitar que mi mejor amiga cayera en la desesperación. No encuentro respuesta. Sólo veo señales de un progresivo decaimiento que entró en su etapa final una noche de septiembre.

I

Yo venía de asistir a una noche mexicana. Era de madrugada cuando llegué a mi casa. Me quité los zapatos, me serví un vaso de agua helada y fui a revisar los mensajes en mi contestadora. Supuse que alguno sería de Lidia. De un tiempo atrás me llamaba por la noche para comentarme alguno de los casos que había tratado en Servicios Personales. A veces me decía: después de oír tantas cosas terribles no tengo ningún derecho a sentirme mal sólo porque Octavio se va de parranda con sus amigos o me reclama que la casa ya no esté tan ordenada como antes.

Oprimí el botón de la contestadora. Me costó trabajo reconocer la voz de Lidia: siento que no soporto más. Si sabes de algún trabajo para mí, de lo que sea, dímelo por favor. El tono era tan inquietante como el mensaje.

Aunque era tarde marqué el número de mi amiga. Fue inútil: no me contestó; probé con su celular y tampoco. Pasé una noche infernal imaginando toda clase de horrores hasta que recordé el eterno reclamo de Lidia: siempre piensas en lo peor. Eliminé las suposiciones macabras. Tal vez ella y Octavio estuvieran reconciliándose en algún restaurante y contándose sus problemas. Hasta ese momento yo desconocía la gravedad de los que enfrentaba Lidia.

Esperé a que dieran las nueve de la mañana para comunicarme a Servicios Personales. Mi amiga es una de las especialistas que atienden las llamadas de quienes necesitan ayuda sicológica o simplemente hablar con alguien. En general son individuos que padecen depresión por infinidad de causas: desde un divorcio reciente hasta el desempleo o la falta de amor.

II

Lidia nunca había tenido una experiencia semejante. Desde que se recibió de sicóloga estuvo colaborando en el Centro para Niños Hiperactivos. Su trabajo le parecía fascinante, pero al cabo de tres años se le volvió tedioso y emprendió la búsqueda de un nuevo empleo. Se le presentaron algunas oportunidades, pero ninguna le interesó lo suficiente.

Cuando tuvo oportunidad de incorporarse al equipo de Servicios Personales aceptó en seguida. Le entusiasmaba la posibilidad de ayudar a que personas desesperadas lograran sobreponerse a las circunstancias adversas y revalorarse. Le advertí que la experiencia podía resultarle muy desgastante. No le importó. Además contaba con el apoyo de Octavio.

Fue el primero en celebrar que Lidia se trasladara a un medio más interesante en donde podría poner en práctica todos sus conocimientos. Lo único que lamentaba era que Lidia tuviese que cambiar periódicamente de horarios. El requisito tenía por objeto impedir que se crearan lazos afectivos entre el cuerpo de sicólogos y los solicitantes de ayuda.

III

Por exigencias de su empleo, durante varios meses dejé de ver a Lidia, pero mantuvimos contacto telefónico.

Me hablaba mucho acerca de su trabajo, de los esfuerzos que hacía para mantener cierta distancia con los solicitantes del servicio. Eran personas de todas las edades que le planteaban conflictos muy similares: problemas económicos, fracaso profesional, falta de empleo, temor a la soledad, drogadicción, miedo a la vejez, desconfianza, celos, insatisfacciones.

Noté que Lidia evitaba hablarme de su vida. Respeté su decisión, pero un día no pude más y le hice una pregunta directa: ¿cómo van tus cosas? Esperó unos segundos para responderme: “Octavio sigue apoyándome, pero se disgusta cuando me ve triste o deprimida. Dice que no piense tanto en los conflictos de personas a las que ni siquiera conozco. Me gustaría hacerlo, pero no puedo. ¿Cómo voy a olvidarme de un niño que me llama a la una de la mañana para decirme que sus padres lo maltratan o que está solo y le tiene pánico a la oscuridad? Y son criaturas de seis, siete años… Luego escucho a los ancianos: me hablan de sus enfermedades, del abandono en que los tienen sus hijos, del terror a morirse solos. Te juro que después de oírlos no sé si me gustaría llegar a esa edad”.

La obsesión de Lidia por su trabajo empezó a preocuparme. Decidí recurrir a Octavio. Él era la persona más indicada para sacar a mi amiga de ese círculo de dolor en que estaba metida. Lo llamé a su oficina y me preguntó si tenía algún problema. Yo no: Lidia. Su trabajo la estresa mucho. Procura que se distraiga un poco. Si puedes, llévatela de vacaciones.

Octavio me alzó la voz: ¡imposible! En el despacho la situación está muy difícil. Es muy probable que lo cerremos. Le pregunté si había hablado con su mujer de eso. Desde luego. Dice que exagero, que no va a pasar nada. Creo que su actitud sería muy distinta si el problema se lo planteara alguno de los tipos que la llaman para pedirle ayuda. Octavio estaba celoso y procuré tranquilizarlo: Lidia sólo está haciendo su trabajo. ¡Entiéndelo! ¿Y quién me entiende a mí? Me quedé callada y él interrumpió la comunicación.

Pensé que había cometido un error al involucrarme en sus vidas. Decidí no volver a hacerlo. Cuando Lidia me llamaba yo nunca aludía a Octavio o, cuando mucho, le mandaba saludos.

Una tarde me sorprendió ver a Lidia esperándome a la salida de mi oficina. Se veía afiebrada, pero parecía de buen humor: vine para invitarte a que me invites a cenar. Quiero algo rico en un sitio agradable. Le pregunté si quería que llamáramos a Octavio para que se reuniera con nosotras. No. Él tiene que atender asuntos muy importantes en su despacho. Además creo que necesita descansar un poco de mí. Debo de tenerlo harta con mis cosas.

IV

En cuanto llegamos al restaurante, Lidia pidió la carta: te advierto que pienso comer y beber mucho porque, como dijo alguien, comamos y bebamos que mañana moriremos. Se me quedó mirando de una manera muy extraña, lejana. Me di cuenta de que temblaba. Comprendí que no era el momento de evadir la realidad: “Lidia: me tienes preocupadísima. No sé si recuerdes que una noche me llamaste desesperada y me dijiste que si sabía de otro trabajo…” Agitó la cabeza: olvídalo. Me mantuve inflexible: no puedo. Dime qué te sucede. A punto de llorar, Lidia inclinó la cabeza: estoy mal, muy mal.

Advertí que nos miraban desde las otras mesas y le rogué que se tranquilizara. Apareció el mesero. Ordené la comida, Lidia los aperitivos y el vino. Cuando volvimos a quedar solas se disculpó: necesito relajarme. Le dije que no tenía que darme explicaciones. Se rió sin motivo. Notó mi extrañeza: no me veas así. Te juro que estoy bien y muy contenta de verte.

No podía permitirle que siguiera engañándose: hace un momento me dijiste lo contrario. ¿Es por Octavio? Bebió de prisa: “sí y no… Pobre. Debe de ser espantoso acostarse con alguien como yo, que todo el tiempo está cerca de la muerte”. Jugó con su copa, derramó el vino sobre el mantel y se quedó mirando la mancha: no me di cuenta de lo que pensaba hacer y cuando lo hice no sirvió de nada, ¡de nada! ¿De qué hablas? ¿A quién te refieres?

Lidia me miró con expresión desorbitada: el tipo dijo que se llamaba Manuel Vázquez Olvera. Por lo general las personas se identifican sólo por su nombre, pero no se lo comenté y esperé a que él se decidiera a hablar. Cuando al fin lo hizo me explicó que esa mañana se había despertado con la idea de que ahora sí iba a encontrar trabajo y que recuperaría todo lo perdido a lo largo de ocho miserables años: mujer, hijos, casa, hermanos, amigos y la fe en sí mismo.

Lidia me sonrió: miré el reloj. Eran las nueve de la noche. Le pregunté a Manuel si su corazonada de esa mañana se había hecho realidad. Dijo que no, ni siquiera porque se había puesto el único traje que le quedaba. Los otros los había vendido para comer. Eso lo enfureció y se puso a maldecir. Luego me pidió perdón. Le pregunté desde dónde me llamaba. Desde la casa de su hermano Eduardo. Soltó una carcajada. Quise saber de qué se reía. De lo furioso que iba a ponerse su hermano cuando le llegara el recibo del teléfono con una llamada de 50 minutos: los últimos de su vida.

Lidia se soltó a llorar. Le hice ver que quizá el tipo estuviera drogado o borracho. Mi amiga se aferró a mi mano con desesperación. También lo pensé y decidí seguirle la corriente. Le pedí que me dijera de qué color era su traje. Azul-marino, con solapas anchas y dos bolsillos en los que sólo quedaba su credencial de elector, pero ni un billete: el último lo había invertido en comprar un lazo para ahorcarse. Fue todo lo que dijo.

Pensé en otra posibilidad: que el hombre fuera sólo un exhibicionista. Lidia me dijo que no. En el periódico había visto la noticia del suicidio.

Desde entonces mi amiga enfatizó su costumbre de llamarme a altas horas de la noche. Dejó de hacerlo hace un mes. Junto a su cuerpo encontraron una nota. Octavio no me permitió leerla, pero imagino lo que decía.

Wednesday, November 25, 2009


Nixon y los demonios

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

rolando.pb@granma.cip.cu

Ron Howard vuelve a estar en el bombo con Ángeles y demonios, una película que no he visto pero que a juzgar por comentarios serios llegados de aquí y de allá "está un poquito mejor que El código da Vinci".

No pocos de los que vieron El código... es muy posible que estén de acuerdo en que se trata de un entretenimiento pasajero con menos gancho del que se esperaba y, eso sí, una factura espectacular. Basada en el libro de Dan Brown, el filme explotó un suceso editorial sin precedentes (incluidos los escándalos por la acusación de plagio) y al final recaudó 800 millones de dólares en taquillas.

Tales referencias aceleraron la filmación de Ángeles y demonios, también de Dan Brown y de nuevo con Ron Howard como director.

Pero no voy a referirme ni a criptas selladas, ni a peligrosas catacumbas, ni a catedrales desiertas, aunque sí a los demonios de un presidente, Richard Nixon, tratados por el mismísimo Ron Howard en un filme del año 2008, que antecedió a Ángeles y demonios y que lleva por título Frost-Nixon.

Lo acabo de ver, y atendiendo a que en los próximos días podrá ser visto en nuestra televisión, traslado el entusiasmo a los lectores.

Siempre dentro del concepto del espectáculo cinematográfico, maravilla constatar cómo Howard toma un hecho histórico convertido en obra teatral (la última entrevista que concediera el ex presidente Nixon en televisión) y arma un filme serio en el que se destacan recursos del thriller, del suspenso y de una reveladora ––en lo político y en lo humano–– comicidad subterránea.

Si se suman tales ingredientes se tendrá una idea de los atractivos de la cinta, recomendable hasta para los que dicen desentenderse de "todo lo político".

Frost-Nixon recrea aquella última entrevista de Nixon, en 1977, tres años después de que los sucesos de Watergate lo expulsaran de la Casa Blanca y que hasta hoy sigue siendo el programa político más visto en la historia de la televisión, con unos 45 millones de telespectadores.

Nixon, político marrullero, se había servido otras veces de la pequeña pantalla para armar sus artilugios y pensaba que el pueblo norteamericano había olvidado lo suficiente como para que él pudiera lavar su imagen pública y preservar un legado de "buen conductor de la nación". (Ello, no obstante que la televisión le jugó una mala pasada en los debates con Kennedy por la presidencia, en 1960. Un encuentro que marcó el inicio de una nueva era, pues Nixon, sudoroso y con el maquillaje corrido, fue aplastado por un JFK impecable y sereno. A partir de aquellos días se instaló una máxima en el medio: más importante que la experiencia o lo que se tuviera que decir, era el atractivo televisivo).

Pero en el verano 1977 el astuto ex piensa que ha llegado el momento de dar el salto ante las cámaras y emprender su operación limpieza. Concederá una última entrevista (que también le reportará mucho dinero) y hablará de su mandato y del escándalo Watergate. No son pocos los que se sorprenden al anunciarse que su entrevistador sería el británico David Frost, un alegre presentador de televisión, conocido por sus programas de variedades más bien frívolos, con poca preparación política y dado a adular a sus invitados. El clásico bocadito para ser devorado y ganarse el ex presidente el corazón y las mentes del pueblo norteamericano.

¿Podrá Frost sacarle a Nixon un reconocimiento de verdadera culpabilidad?

No voy a contar la película porque podrá ser vista, solo decir que cuando se transmitió la entrevista, los políticos norteamericanos tomaron nota del terrible poder que puede tener un primer plano.

Y advertir también que mientras se ve el filme, resulta imposible no pensar en George W. Bush y en esa "entrevista" final de la que, al menos por el momento, ha logrado escapar.




FROST/NIXON TRAILER Subtitulado

Sunday, November 22, 2009


Mar de Historias

Por su propio bien


Doña Imelda (79 años) ocupa el asiento trasero de un automóvil compacto. Por la ventanilla abierta lo observa y lo escucha todo:

Familias y parejas atraviesan el estacionamiento del supermercado. (Mejor calidad y precios bajos.) Una mujer embarazada sigue las instrucciones que le da el vigilante para que ella pueda acomodar su automóvil entre dos tráileres llenos de mercancía. (Viene, viene. Hasta allí, ¡bueno!) Una pareja de jóvenes comparte un helado y se besa. (Tienes la lengua fría.) Una mujer corre seguida por dos gemelos. (Al que me gane lo subo en el carrito.) Un anciano se detiene abruptamente y revisa la cuenta. (Creo que me cobraron de más.) Un niño termina de beberse un refresco, arroja el envase y le pega con la punta del pie. (¡Gooool!) Una pareja desciende de una camioneta y le da instrucciones a su french poodle blanco. (Te quedas quietecito. No tardamos.)

Un hilo de sudor escurre por el cuello de doña Imelda. Toma la revista que su hija Eréndira le prestó y se abanica con ella. (Ponte a verla mientras Nico y yo regresamos.) Es suficiente para que recuerde un festival escolar en donde salió de princesa. (“La obra se llamaba Patricia y esclava.”) Ese logro de su memoria prueba que está muy lejos de padecer la enfermedad del olvido. Se lo contará a Eréndira para que deje de considerarla una especie de inválida mental. (Mamá: si te prohíbo que vayas sola al banco es por tu propio bien. ¿Qué tal si te asaltan o te pierdes?) ¿Por qué tienen que atracarla precisamente a ella? (Porque ya le ha pasado a medio mundo.) ¿Por qué supone que pueda perderse? (Qué preguntas. Ya estás grande y a las personas mayores, bueno, tú sabes, se les olvidan las cosas.) Doña Imelda suspira. (No todas, ni tampoco las que daría cualquier cosa porque se borraran de mi memoria.)

II

Se vuelve a mirar al french poodle y se pegunta si al animalito también le prohibirán salir a la calle. (Por su propio bien.) La idea de que pueda ser así acrecienta su afecto por el perro. Le gustaría que se llamara como el cachorro que le regalaron sus papás cuando era niña. Procura recordar su nombre, pero no lo consigue. Tal vez su hija lo sepa porque le ha hablado mucho de él. (“Ay mamá, ¿otra vez con la misma historia del Bucles?”)

“¡Bucles!”, exclama Imelda. El nombre la remite a la tarde en que jugaba con su perro ante la entrada de su casa. (“Ahí va la pelota, Bucles, ¡alcánzala!”) El cachorro había logrado la hazaña infinidad de veces, pero aquella fue la última: un tranvía lo destrozó.

Imelda se da cuenta de que su cara está húmeda. Se apresura a enjugársela con las manos, pero sigue llorando. (Otra cosa, doctor: mi mamá, de nada y nada ¡llora!) No puede evitarlo por más que se diga la frase que tantas veces le repitieron sus padres para consolarla de la pérdida. (Nena: tranquila, ya pasó.) Al ver que no la convencían, su papá prometió regalarle otro perrito más lindo. Ella se negó. (Malagradecida. Él lo hace para que no sigas triste y mira con lo que le sales.) A Imelda le sorprende que su madre no haya entendido que el motivo de su rechazo era la lealtad hacia su primera y única mascota, Bucles.

Absorta en el recuerdo, apenas tiene tiempo de ver que se aleja la camioneta con el french poodle. Levanta la mano y la agita en señal de despedida. Ver el espacio vacío junto a su coche la angustia. Sin el perrito blanco se siente sola, perdida, como cuando Bucles murió. Estira el cuello con la esperanza de reconocer a Nico y a Eréndira entre la gente que sale del supermercado y se dirige al estacionamiento.

Sólo ve personas desconocidas que abren las cajuelas, meten las compras y después abordan sus coches. (Se me olvidó el vinagre, pero ¡ya ni modo!) La divierte notar que todos los movimientos son iguales, acompasados, como si esas personas estuvieran realizando una tabla gimnástica.

III

A ella le encantaba ensayarlas con sus alumnos. (Giren los brazos, pero no se golpeen.) Lo hacían en el patio, a media mañana, bajo el cielo clarísimo de abril. Le encantaría saber qué fue de aquellos niños, en especial de Sergio y Esmeralda. Él soñaba con ser aviador; ella, pediatra.

Es la profesión de Eréndira. (Quién iba a decirme que tendría una hija doctora.) Cuando ella y Nico se fueron a vivir con doña Imelda instalaron el consultorio en la sala. (No pongas esa cara, mamá, tú casi nunca recibes visitas.) Por órdenes de Nico los cargadores pusieron en el corredor el sillón pullman y los dos individuales tapizados de terciopelo rojo.

Es el color de los asientos del coche. Tiene miedo de ensuciarlos desde que le ocurrió el accidente y Nico puso el grito en el cielo. (Si le queda la mancha de orines, cuando quiera venderlo me pagarán menos.) Eréndira notó la angustia de su madre. En lugar de consolarla le habló como si fuera una niña. (Mamá: ¿qué te hubiera costado decirnos que necesitabas ir al baño?)

Doña Imelda sintió tanta vergüenza que se pasó dos días encerrada en su cuarto. Todo ese tiempo fue presa de recuerdos desordenados: el de su tía Ana Luisa, eterna aspirante a cantar en la XEW; sus amigas de infancia, las novelas escuchadas en la radio, los patios de su escuela, la academia Lefranc, los paseos con su esposo Rafael por Puente de Alvarado y el jardín de San Fernando (La iglesia, la fuente, las palomas, el panteón.) Por más que se esfuerza no puede precisar cuánto tiempo hace que no camina por allí, sólo recuerda que la última vez iba sola. (Eso quiere decir que Rafa ya había muerto.) Doña Imelda se persigna. (Que Dios lo tenga en su gloria.)

Mira a la gente que pasa y toca el asiento para asegurarse de que no está húmedo. (Mamá: la próxima vez, antes de que salgamos vas al baño, y no tomas agua.) Tiene sed. Lleva mucho tiempo inmóvil en el coche tapizado de rojo, esperando a Nico y a Eréndira.

Se asoma un poco más por la ventanilla. Ve reaparecer a los jóvenes que minutos antes habían salido compartiendo un helado. Caminan muy cerca uno del otro, se dan codazos, ríen, se toman del talle y siguen caminando. (Ahora los noviazgos son muy distintos.) Piensa en sus nietas. La preocupan porque, cuando tiene alguna oportunidad de conversar con ellas y les pregunta por sus planes, ellas levantan los hombros con indiferencia. (Jamás me han dicho si piensan casarse y tener hijos.)

Doña Imelda escucha que un hombre dice la hora. (Chin, güey, ya son las tres.) Ya era tiempo de que Nico y Eréndira estuvieran de regreso. Imagina que tal vez no lo harán, que la abandonaron en el estacionamiento del centro comercial. (Vale la pena que vengamos a este supermercado porque las cosas están más baratas. Además, como queda lejos de la casa, mi mamá se pasea.) Si en realidad la hubieran dejado, ¿qué haría? No tiene un centavo, ni siquiera para llamar por teléfono. (Mamá: dame tu dinero, yo te lo guardo. Con lo distraída que eres, capaz que lo dejas en el baño o sobre un mostrador. Ándale, dámelo: créeme que lo hago por tu propio bien.)

Una vez, hace muchos años, doña Imelda leyó en una revista que las reinas no usan cartera ni monedero. Cuando salen de compras un vasallo va pagando el precio de sus antojos. Doña Imelda se pregunta si los subalternos se atreverán a contener a una reina. (Mamá: ya llevas una mermelada de fresa, ¿para qué quieres la de durazno?... Deja esa maceta de geranios. Acuérdate de que, por la artritis, te duelen mucho los dedos cuando tocas agua fría. No te enojes, mamá, lo digo por tu propio bien.)

La anciana hunde la mano en la bolsa de su suéter. Tiene la sensación de que ha vuelto a ser niña y encontrará la moneda que cada mañana le regalaba su madre. (Era de cobre, con una pirámide grabada.) Ahora no tiene ni eso, a pesar de que Rafa le heredó algún dinero. (Mamá: no sabes nada de bancos ni de administración. Nico sí. Deja que él te lleve tus cuentas.)

Doña Imelda decide que hoy, después de la comida, le exigirá que le muestre sus estados bancarios. (Mamá: ¿para qué los quieres si ni les entiendes?) Tiene derecho a verlos, a saber cómo están manejando el dinero que su marido ahorró con tanto esfuerzo para asegurarse de que ella no padecería miserias cuando él se le adelantara en el camino. (No hables así, Rafa, porque me da mucha tristeza. Además, ¿cómo sabes que morirás antes que yo?) Piensa en su cuarto, en el terno forrado de terciopelo rojo que su esposo le compró hace más de… (¿Cuántos años?) No logra saberlo. Cierra los ojos decidida a buscar el dato entre sus muchos recuerdos.

La sorprende la llegada de su hija y su yerno, pero mantiene los ojos cerrados para seguir concentrada. El esfuerzo le produce un ligero temblor en los labios. Nico toma asiento al volante. Suegra: ¿nos tardamos mucho? Doña Imelda abre los ojos y exclama: ¡Cuarenta y siete años! Ni uno más ni uno menos. Eréndira ríe fastidiada: Ay mamá, pobrecita: ya no sabes ni en qué día vives.

Doña Imelda sonríe. Está contenta de haber logrado recordar una fecha tan significativa. Eréndira no comprende el motivo de su alegría y la traduce como otra prueba de que su madre se ha vuelto una niña a la que es necesario vigilar y someter: Por su propio bien.

Tuesday, November 03, 2009


El premio Nobel portugués presentó en Madrid su novela más reciente, Caín

No escribo para agradar, sino para desasosegar, manifiesta José Saramago

El aborregamiento en la sociedad actual llega a extremos inconcebibles, subraya

La Iglesia es como los perros de Pavlov, pues ante un estímulo de inmediato corre, dice


Corresponsal

Periódico La Jornada

Martes 3 de noviembre de 2009, p. 5

Madrid, 2 de noviembre. Con semblante sereno, la lucidez y la mordacidad intactas y el físico y la salud mejores que hace un año, cuando bordeó la muerte, José Saramago se presentó en Madrid con su nueva novela bajo el brazo: Caín, la cual ya despertó la ira más furibunda e inmisericorde de la Iglesia católica y de la derecha europea.

El Nobel de Literatura portugués prefirió obviar las diatribas contra su obra y persona, y revelar a sus lectores un hallazgo íntimo y reciente: Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar.

En menos de un año, y después de haber sido rescatado de la muerte por su mujer y traductora, Pilar del Río, Saramago ha publicado tres libros: El viaje del elefante, novela en la que reflexiona sobre la muerte a través del accidentado viaje del paquidermo Salomón; El Cuaderno, recopilación de sus reflexiones y ensayos publicados en su blog, y Caín, novela en la que recupera el Antiguo Testamento para emprender un viaje irónico y singular en cuyas páginas merodea su profunda animadversión por el dogma moralista y castrante de la Iglesia católica.

La novela la presentó en Portugal el pasado 19 de octubre y desde entonces han ocurrido dos hechos destacables: se ha convertido en el libro de más venta en la historia reciente del país, con una primera edición agotada de 130 mil ejemplares, y la segunda, ha despertado la ira de la Conferencia Episcopal Portuguesa y la derecha política, que no sólo piden su excomunión, sino que renuncie o le renuncien su condición de portugués.

Pero el libro, como él dice, pretende únicamente abrir un debate sobre el dogma, las ideas unidimensionales, el status quo y la violencia que nos carcome a diario como civilización.

Somos tan crueles como Dios

Saramago, de 86 años e ironía afilada, se presentó en la Casa de América de Madrid con un hallazgo vital: “Hay una pregunta que persigue a los escritores ¿por qué escribir? Como decía el filósofo griego el movimiento se demuestra andando, y la razón de escribir en el fondo no es más que eso: escribir. Pero hay otra pregunta más compleja, ¿para qué se escribe? Y eso depende del punto de vista. A lo mejor yo hace unos cuantos años no sabía decir para qué escribía, pero ahora lo tengo bastante claro.

“Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar. Algo que me gustaría haber inventado, pero que ya lo inventó Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. Pues a mí me gustaría que todos mis libros fuesen considerados libros para el desasosiego.”

Saramago consideró que vivimos un momento delicado por el aborregamiento que prevalece en la sociedad actual y que llega a extremos inconcebibles como mantener en el poder a un personaje como Silvio Berlusconi, quien encarna en su persona y en su administración el resurgimiento del fascismo.

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El escritor José Saramago y su esposa, Pilar del Río, durante la presentación en Lisboa, hace unos días, de su libro CaínFoto Ap

En cuanto a las críticas que ha recibido por su libro, Saramago lamentó sobre todo la falta de misericordia, la impiedad de la Iglesia y sus apologetas, que condenaron la novela sin siquiera haberla leído.

“Claro que una institución como la Iglesia católica –que sobre todo no quiere ser desasosegada– no estará nada de acuerdo en que le quiten su tranquilidad milenaria para que todo siga igual, y para que nada se discuta, y si toco en las partes sensibles y una de ellas es la interpretación de la Biblia.

La Iglesia es como los perros de Pavlov, que cuando recibían un estímulo inmediatamente corrían, reaccionaban.

Entonces recordó cómo en los tiempos de la Inquisición no era sorprendente que un inquisidor que acababa de quemar a una bruja o a un homosexual –a un comunista no, porque entonces no los tenían– se iba a su casa, se sentaba en su sillón y se ponía a leer las poesías de San Francisco de Asís. Es una paradoja que un hombre con las manos manchadas de sangre se ponga a leer un poema que expresa un lenguaje universal, como el poema del Hermano lobo. Y encontré en mi cabeza una respuesta: el hombre es así, no puede llamar hermana a la oveja porque la oveja está ahí para ser comida, dijo.

Saramago reflexionó sobre su propia muerte: “La muerte no me importa. Pero sí me afecta desde un punto de vista muy egoísta, porque es finalmente el estar y ya no estar. Eso es la muerte: el haber estado y ya no estar. Que estaremos en la vida futura, puede que sí. Pero lo que no puedo aceptar es que alguien me diga que mis pecados los pagaré en el infierno y que ahí me quedaré por toda la eternidad. Crueles somos nosotros los hombres que concebimos la pena perpetua… Tan crueles como Dios somos los seres humanos. La idea de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza se invierte; nosotros hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza”.

También develó que el libro en el que trabaja partirá, como es habitual en su obra, de un supuesto improbable: todas las personas que trabajan en la industria armamentista se ponen en huelga por una cuestión de principios, por evitar que la humanidad se siga desangrando. Todo el mundo tiene armas y en todas partes se habla de la importancia de matar, al mismo tiempo que se banaliza el asesinato. Y no intento salvar a la humanidad, simplemente me basta con salvar mi propia conciencia y que los lectores se dejen desasosegar profundamente. Eso es lo que necesitamos.