Sunday, May 24, 2009


Mar de Historias
Cristina Pacheco

¿Te imaginas el susto que me llevé al ver que no estabas en tu cuarto? En vez de ir a entregar la costura recorrí todos los lugares en donde me figuré que podría encontrarte: la iglesia, la farmacia, el mercado… Nadie pudo darme razón de ti y pensé cosas horribles: que te habías perdido, que estabas accidentada, que alguien te había secuestrado. Por si no lo sabes, hoy nadie está a salvo de que le ocurra esa desgracia.

–¿Y quién iba a querer secuestrarme?

–¡Yo qué sé! Cualquiera, y todo para pedirnos un rescate.

–¿Lo habrías pagado?

–Deja de hacerte la graciosa.

–Oye Alicia: te lo pregunto en serio.

–Últimamente haces cosas rarísimas, pero ninguna como ésta. De plano, ¡qué bárbara!: irte sin avisarme.

–No me has contestado lo del rescate.

–Mejor respóndeme tú: ¿por qué te fuiste ahora que más problemas tengo? Daniel está a punto de quedarse sin trabajo; a mi hija Friné la maltrata su esposo y ella no quiere denunciarlo porque le tiene miedo; cada día me encargan menos costuras. Sabes todo eso y te pones a darme el sustazo de la vida largándote.

–Quise evitarte al menos dos problemas: yo y Toño.

–No menciones a ese horrible mugroso.

–Como sea, yo lo quiero.

–Ese es otro boleto, pero ya que lo sacaste a relucir te repito lo que te dije anoche: él ya no puede quedarse aquí. Comprende, en nuestra situación, tenemos que hacer ahorros.

–¡Puros pretextos! Sabes que Toño no gasta casi nada.

–Por poco que sea, necesito el dinero para otras cosas.

–Si Toño se va, me voy con él, y esta vez muy lejos para que no vuelvas a encontrarme.

–¿Ya pensaste quién te va a mantener, en dónde vas a dormir? Te advierto que si te agarra un aguacero puede darte pulmonía y entonces sí quién sabe… Aquí al menos tienes un cuartito. Será de lámina, pero a Daniel y a mí nos costó dinero. Deberías agradecérnoslo.

–Ni falta que me lo digas: no soy una criatura.

–Pero actúas como si tuvieras cinco años y no sesenta, mamá.

–Entrados a sesenta y uno. Ya sabes que a mí eso de quitarme la edad nunca me ha gustado –Santa oye el timbre del teléfono: –hija, ¡contesta!

–Ojalá que sea Daniel. Cuando sepa que ya estás aquí va a descansar. Al pobre lo he fregado toda la tarde.

Santa aprovecha que Alicia está ocupada en el teléfono para entreabrir la puerta que da a su cuarto y asomar la cabeza:

Toño: por lo que más quieras, no hagas ruido. Aquella está que echa lumbre –hace un aspaviento con la mano: –y espérate: todavía faltan los sermones de Daniel. Creo que mi hija ya terminó de hablar. Luego vengo. Si oyes gritos no metas tu cuchara: te me quedas bien callado.

II

Temblorosa, Alicia termina de hacerle a su marido la reseña de sus pesquisas. Daniel le pide no darle tanta importancia al asunto y eso la irrita aún más:

–¿No oíste lo que te dije? Desde las dos de la tarde anduve como loca preguntándole a medio mundo por mi madre. Ya parece que oigo lo que estarán diciendo los vecinos: que no la atiendo, que no me ocupo de ella, que soy una mala hija.

–¡Que digan misa! ¿Dónde la encontraste?

–Mejor pregúntame en dónde los hallé. No te lo había dicho, pero mi madre no se fue sola: cargó con Toño. Sólo porque ayer le advertí que tendríamos que echarlo de la casa, ¡se escapó con él!

Toño es mío. ¿Por qué te molesta que me lo haya llevado?

–¡Lo que hagas con él me vale gorro! Lo que me enfurece es que no te haya importado pegarme un susto tan grande con tal de conservar a ese maldito animal –se vuelve hacia su esposo:

–¿Puedes creer que una madre prefiera a un perico que a su hija?

–A mí no me metas en sus líos. Ah, y otra cosa: a ver si la próxima vez te controlas un poquito.

–¿Qué hice de malo?

–Sabes cómo está la situación en la fábrica y te pones a llamarme cada 10 minutos. ¿Quieres que me corran de una vez o qué onda?

–¡Úchalas! A ti no hay quién te entienda. Me has dicho que cuando tenga una dificultad te pida ayuda. Lo hice y ahora me sales con que te causé un problema tremendo.

–Pues sí. La última vez el patrón me preguntó por qué estaba recibiendo tantas llamadas. No me atreví a decirle que mi suegra había tenido la ocurrencia de escaparse y le mentí: dije que estabas muy resfriada y temías haberte contagiado de influencia o como se llame la epidemia esa. Lo peor es que me mandó a la enfermería para comprobar que no me hubieras contagiado.

–¿Sabes una cosa? La próxima vez no te molesto y me las arreglo como pueda.

–¿Cuál próxima vez?

–Mi madre ya me advirtió que si no le permitimos quedarse con el pinche perico, se irá lejos adonde no pueda encontrarla.

–¿Qué les cuesta dejarme a Toño? –Santa se acerca. –Si quieren ya no le compro su elote ni su plátano; le doy nada más de mi comida, al fin que cada día tengo menos hambre.

–Mamá, no es tanto el gasto sino el fastidio de tener aquí a ese pajarraco. ¿No entiendes?

Toño casi no sale de mi cuarto.

–Y por eso mismo lo tienes hecho un asco. Además hace ruido, a cada rato tengo que ir a buscarlo porque si no lo hago, lloras. ¡Los dos me tienen harta!

–Por eso mejor me voy –afirma Santa con voz temblorosa.

–¿Te das cuenta, Daniel? –Alicia gime. –Ahora, cada vez que salga, iré con el Jesús en la boca por miedo de regresar a la casa y que mi madre no esté. Dime, ¿qué hago?

–Si lo que quiere es irse, ¡deja que se vaya!

–Es mi madre, ¿qué te pasa?

–¡Qué no me pasa! –Daniel aparta una silla con violencia: –¡Pero hasta aquí llegué! Si no se va doña Santa, me voy yo.

–¿Tú también me amenazas?

–No te amenazo, nomás te lo digo.

–Lo que es por mí, ¡lárgate de una vez! Y ni pienses que te voy a extrañar, porque ya no me sirves para nada.

–Alicia, no busques pleito –implora Santa.

–Mamá, tú cállate. Ya bastantes problemas tengo por tu culpa como para que ahora te metas en mis cosas.

–No me hables así, desgraciada –Santa se arroja contra Alicia para golpearla y forcejean: –lo quieras o no, ¡soy tu madre!

–Con este relajo, ¿quién puede vivir aquí?

Daniel tira la silla de un manotazo y sale del cuarto. Alicia lo sigue y desde la puerta le ordena que se detenga. Él le responde con una señal obscena y ella le devuelve el insulto a gritos:

–Chinga a la tuya, ¡pendejo!

III

Aunque Daniel ya no la escucha, Alicia da un portazo y entra en el cuarto donde sólo se oye el chirrido de una lámina en el techo. Resignada, se acerca a la máquina de coser.

–Así, ¿cómo van a darme ganas de trabajar? –Se vuelve hacia su madre: –no entregué costura por salir a buscarte. ¿Ahora quién va a reponerme el dinero que perdí? A ver, ¡dime!

Santa desliza la mano por debajo de sus ropas, saca un atado de monedas y se lo ofrece:

–¡Tómalo! Para que al menos no salgas perdiendo tanto.

Alicia recibe el atado, lo sopesa y lo arroja contra la pared.

Ante la mirada atónita de Santa las monedas ruedan por el suelo.

–Levanta tu cochino dinero y guárdatelo, porque a mí no me sirve de nada –Alicia se lleva las manos a la cabeza: –¡Estoy hasta la madre de mi marido, de mi hija, de ti, de tu asqueroso perico! Te juro que me dan ganas de matarlo.

–Óyeme, ¿qué te pasa? ¿Él qué te ha hecho?

–Causarme problemas contigo, hacer ruido, ensuciarlo todo. De veras no sé cómo puedes querer tanto a un animal que sólo sirve para tragar y cagarse.

–También para acompañarme –Santa se hinca y levanta las monedas –Cada vez que le hablo de mis cosas siento que me entiende. Hoy, mientras estábamos escondidos en San Álvaro, le conté que cuando era niña mi madre me llevaba a jugar allí y sus ojos se alegraron.

–Por favor, ¡no inventes!

–Te juro que es muy listo, lo comprende todo. Si le doy una orden, me obedece. Hace rato le pedí que se quedara calladito y ¿ve? No ha hecho un solo ruido –Santa pone las monedas en el pañuelo, se lo guarda entre las ropas y aún hincada mira a su hija: –¿Podemos quedarnos aquí hasta mañana? Ya es noche…

–Mamá, no seas ridícula. ¡Levántate! –Le ofrece el brazo para que se apoye: –Sabes que puedes quedarte para siempre, pero tú sola. Toño tiene que irse. No te digo que lo abandones, sino que me permitas buscarle otro lugar para que viva. Puede que hasta nos lo reciben en el zoológico o en algún restaurante típico.

–El problema es que no puedo estar sin él.

–A ver, siéntate y escúchame: ¿te quedarías con nosotros si Toño se muriera? Piensa que ya está grande.

–Sí, porque esa ya sería la voluntad de Dios.

–Bueno, pues cuando lo llevemos a otra parte haces de cuenta que se murió y ¡ya! Santo remedio.

–Te dije que mientras él viva por nada del mundo lo abandonaré. Y para que eso no signifique un problema para ti, me voy con Toño.

–¿A dónde?

–A cualquier parte, menos a un asilo –Santa medita unos segundos: –Pensé en mi prima Abigail. Vive sola. Le dará gusto verme y que le lleve a Toño. Cuando lo conozca le va a encantar. Es un animal muy noble. Ha hecho tantas cosas por mí…

–Más que yo seguramente –afirma Alicia con rencor.

–Me ofende que siempre tomes a mal lo que te digo.

–Ay, mamá, no me hagas caso. Estoy tan angustiada…

–Si es por Daniel, ni te apures: al rato vuelve; si es por mí, ya sabes: mañana me voy.

–Mamá, recuerda lo que te dije: puedes quedarte, ¡pero sin el perico!

–No grites que lo vas a despertar –Percibe un golpeteo en las láminas del techo: –Ya empezó a llover. Voy a taparle su jaula.

En cuanto su madre se aleja, Alicia toma el controlador de la televisión. Mientras lucha por lograr que funcione oye los gemidos de Santa.

–¿Ahora qué pasa? –Arroja el controlador y corre a ver qué sucede. Cuando llega al cuarto de su madre la ve inclinada sobre la jaula, llorando –¿Qué le pasa a Toño?

–Está muerto –Santa abre la puerta de la jaula, saca al perico y lo oprime contra su pecho: –Fue lo último que Toño hizo por mí. Se murió para que no tuviera que irme de esta casa ahora que está empezando a llover.





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