Thursday, June 12, 2008


Mar de Historias

Cristina Pacheco

La última cena


A Mireles se le ocurrió organizar una cena de ex alumnos. Estaba consciente de que no iba a resultarle fácil localizarlos pero valía la pena el esfuerzo a cambio de revivir los viejos tiempos. Su añoranza ocultaba un motivo adicional: demostrarles a sus condiscípulos de la secundaria que, pese a los malos augurios, un muchacho como él había conseguido el éxito.

En su caso la palabra tiene un respaldo tangible, contante y sonante: dos puestos de ropa, una fonda muy concurrida y una flotilla de taxis que le representan ganancias diarias. A cambio de todo eso no había podido darle a su madre la satisfacción de exhibir en su sala un título lleno de firmas, sellos oficiales y con su retrato.

Cuando se siente humillado por carecer de ese documento, se consuela haciendo la nómina de los conocidos que, con sus diplomas a cuestas, van de un lado a otro buscando trabajo en terrenos ajenos a sus especialidades. Mireles, en cambio, no tiene necesidad de tocar puertas para garantizarle a su familia algo más que la simple sobrevivencia.

Después de pensarlo mucho optó por que la cena se realizara en la secundaria. La escuela, remozada tirando a feo, sigue en pie. En el laboratorio de química, el salón más amplio, podrían acomodarse fácilmente, si es que todos respondieran a su convocatoria, 30 invitados.

A Mireles le entró la duda de si entre ellos debían contarse sus maestros. Consultó con Sarita, su esposa, y ella le dijo que era un mínimo gesto de gratitud incluir a todos aquellos pobres mártires que habían hecho hasta lo imposible por interesarlos en fórmulas, reglas, conjugaciones, e inclusive por mantenerlos dentro del salón los 50 minutos que duraba la clase de literatura.

II

Por primera vez en muchos años Mireles se acuerda de Luis Mercado. Lo apodaban El Loco por su afición a escribir versos y su esperanza de convertirse en escritor reconocido. Para demostrarles su habilidad, en los ratos de ocio Mercado escribía algunas rimas, por lo general chuscas y muy atrevidas, inspiradas en sus maestros. Eso estaba muy bien y era divertido, pero de allí a que Mercado –hijo de un mecapalero– pudiese llega a ser una celebridad literaria había un trecho insalvable.

Al pensar en su antiguo condiscípulo, Mireles vuelve a sentirse identificado con él. Los dos eran objeto de burlas: Luis, por su interés en dedicarse a una profesión de locos; él, por ser hijo único de una cultora de belleza que soñaba con volverse estrella de cine. Se sabía porque, en las raras ocasiones en que doña Mónica iba a las juntas escolares, después de la reunión se pasaba el tiempo hablándoles a las otras mamás acerca de sus anhelos.

Mireles imagina que durante la cena de ex alumnos sus compañeros se harán preguntas, único recurso para tender un puente desde la última reunión en la secundaria hasta la noche del rencuentro. Cuando le llegue el turno de ser interrogado, la presencia de Sarita, enjoyada y radiante, será la más amplia respuesta acerca de lo que ha sido su vida.

Conoce bien a sus compañeros y Mireles no descarta la posibilidad de que alguno, por interés genuino o por malicia, le pregunte acerca de su madre. “Hace 19 años que murió. Por fortuna alcanzó a conocer a su primera nieta, que por cierto lleva su nombre: Mónica.” Mireles se enorgullece de saber que en todos los documentos de su hija estará escrito su nombre completo: Mónica Mireles Ortega.

Tener dos apellidos le ahorrará para siempre a su princesa las incomodidades que él había sufrido. Por ejemplo, cuando su maestro de primer año le pidió una aclaración: “Aquí dice Pablo Mireles ¿y qué más?” El contestó con el silencio. Aun le pesa. En aquel momento le hubiera gustado llenarlo con un Chávez o un Martínez o lo que fuera. Nunca pudo hacerlo: su madre jamás quiso revelarle la identidad paterna. No por eso va a juzgarla o a tenerle rencor; al contrario, le agradece y la admira por todo lo que ella hizo en su favor.

Mireles lamenta que por el estilo de vida que llevan nunca haya tenido tiempo para hablar más con sus hijos acerca de su abuela. Le gustaría insistirles en que ella rechazó a varios pretendientes con tal de no darle un padrastro, que trabajó sin descanso en el salón de belleza para sacarlo adelante y que nunca, ni en los peores momentos, renegó de su destino.

En el breve repaso se da cuenta de que jamás se ha atrevido a decirles a sus hijos que el sueño de su abuela era convertirse en estrella de cine. Pudo haberlo sido: tenía físico, personalidad, voz, arrojo, buena memoria; pero le faltó que alguien le diera la oportunidad que tanto buscó.

III

Mireles recuerda la cantidad de veces en que su madre lo llevó a festivales, estrenos y premiaciones cinematográficas con la esperanza de que, al pasar junto a ella, alguien la descubriera. Con ingenuidad más que infantil, ella creía que eso era posible y algunas veces, para divertirlo, le explicaba a Pablo cómo iba a narrarles a los periodistas ese capítulo de su vida.

Sentado al pie de la cama, cada vez que se disponían a ir a uno aquellos eventos, Mireles la observaba arreglarse frente al espejo y elegir, entre sus pocos vestidos, el menos deteriorado o el más favorecedor. Mientras se preparaba, hacía planes a partir de que le dieran la oportunidad de aparecer en una película.

Mireles reconoce que también él ansiaba esa posibilidad, sólo que por una razón diferente: en el momento en que sus compañeros de escuela vieran a su madre en la pantalla dejarían de lanzarle indirectas o miradas suspicaces y ofensivas. Por eso se alegró tanto la noche en que su madre le explicó su tardanza: “No te lo dije antes para que no te hicieras ilusiones. Antier Charo y yo vimos en una revista que estaban buscando extras para una película. Hoy nos presentamos. ¿Y qué crees? ¡Nos aceptaron! Tenemos llamado dentro de dos lunes, menos de quince días. ¿Te imaginas?”

IV

Mireles recuerda que entre ese momento y la hora en que su madre salió rumbo a los estudios su vida se alteró por completo. Doña Mónica, como la llamaban sus clientas del salón “Jolie”, sustituyó los guisados por ensaladas y los refrescos por agua simple. Con tal de borrarse un poco las ojeras renunció al café y al volver del trabajo, de cara a la tele encendida, hacía flexiones y abdominales. Después de cenar, ensayaba peinados y maquillajes frente al espejo del baño o recorría el cuarto con un libro sobre la cabeza para imponerle más garbo y seguridad a su andar.

Ese no era el final de los preparativos: cuando lo creía dormido, su madre sacaba de su mochila algún libro para leerlo en voz alta y ejercitarse en inflexiones y gestos. Por las revistas ella sabía que cantantes y actrices, aunque ya estuvieran consagradas, se sujetaban a ese entrenamiento. A media noche, muerta de cansancio y de sueño, se iba a la cama con dos rodajas de pepino sobre los párpados.

Mireles recuerda que la anhelada mañana su madre se levantó a las cinco porque tenía que estar en los estudios a las siete. Antes de salir le hizo toda clase de advertencias –entre otras que posiblemente se tardara porque el llamado podía prolongarse— y terminó pidiéndole a él, su hijo, la bendición.

Mireles nunca pudo entender que su madre se hubiera esforzado tanto sólo para salir, confundida entre muchas otras personas, al fondo de un restorán de utilería bebiendo un coctel también de utilería. Hoy, al reconstruir aquella etapa de su vida, comprende al fin los afanes de su madre.

Si antes deseaba que se llevara a cabo esa cena, hoy ansía que se realice lo antes posible. Tal vez sea la última oportunidad de reunirse con sus antiguos compañeros. Quiere someterse a su interrogatorio sin temor a que le pregunten por su madre. El sabe lo que por tantos años ignoró: Mónica fue una gran actriz capaz de darle vida, sin director ni cámaras ni guión, al personaje de sus sueños.

Vuelve a pensar en Luis Mercado, “el Loco”. Ojalá siga escribiendo sus rimas aunque nadie las lea.

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